Landmannalaugar vive ajena a las personas (III).

Con el cálido sol bañando mis castigados músculos y una taza de     "agualechá" entre manos, me hallo sentado en un banco del camping   observando mi casa de estos días. Ya no me acordaba de los pisos,   ciudades, TV ni ninguna de esas superfluidades terrenales que en    otros momentos consideramos de imprescindible necesidad. En nuestra calidad de rocas volcánicas,me burlaba de estas maravillas inútiles.

Detenerme no es una opción, debo moverme.

 

Pasada la noche nos levantamos al nuevo día con una gran resaca de la eterna jornada de ayer. Aquí termina el trekking de Laugavegur pero nosotros queríamos más emociones, queríamos llegar hasta el océano Atlántico.

Aunque la fatiga se ha apoderado hasta el músculo más escondido de mi cuerpo, la emoción y la incertidumbre de una auténtica etapa de montaña redoblan mis energías.

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A los primeros pasos rígidos y torpes como un humanoide, siguen el caminar más fluido de una persona al entrar en calor los paralizados músculos. Después de vadear el río Krossá, nos dirigimos por un camino paralelos a dicho río, al imponente desfiladero de Fimmvörðuháls -el impronunciable nombre ya es temible- nuestro primer reto de la mañana.

En fila de uno ascendemos por una moderada pendiente con abundante vegetación a un lado mientras que, en el otro el vacío va aumentando lentamente. Durante las breves paradas para recuperar el aliento, miro hacia atrás y observo más pequeño Godaland – trad. literal “tierra de dioses”-. Unas veces ayudados por una cuerda y, otras muchas por los bastones, llegamos a un improvisado mirador. Aprovechamos las vistas y el sol reparador para disfrutar de un sabroso picnic, a base de familiares embutidos que retumban en el paladar como música celestial. Borrachos de calorías nos cargamos la mochila al lomo y seguimos subiendo, al lado izquierdo el cercano horizonte queda cubierto por las lenguas del glaciar Mýrdalsjökull y al derecho las paredes verdes de un profundo cañón.

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De repente el terreno cesa en la pendiente para allanarse en un vertiginoso paso de pocos metros. El sendero está bien hollado, pero los salientes de roca en algunos tramos y sobre todo, el amenazante vacío a ambos lados me hacen recelar de este camino. Cuando Al. lo cruza de manera natural, a mi me inspira más desconfianza. Mi primer instinto es agarrarme al terreno con pies y manos, y caminar del mismo modo que, un tierno bebé o un torpe animal. El irregular piso y la mirada expectante de Al. me hacen cambiar de opinión. Las imágenes más dramáticas fluyen al igual como los ríos en el fondo de aquellos cañones; una inesperada ráfaga de viento o un inocente resbalón, me harán perder el equilibrio para dar mis huesos en la hondura de aquellas gargantas. Las compañeras que se habían quedado atrasadas se acercan.

 

cierro los ojos y tras inspirar una profunda bocanada de aire me adentro en aquel estrecho sendero.

 

Voy asegurando las huellas de las botas de forma cautelosa y los bastones contribuyen a un grotesco caminar malabarista. La distancia es corta pero con la vista fijada en el terreno y en el vacío -¡ojalá tuviese un campo de visión más estrecho!-, no logro ver el final. Pasado el conocido paso de Kattahryggur -trad. literal “columna vertebral de gato”- recupero mi paralizada respiración y percibo como desciende la adrenalina.

Otra vez el terreno se levanta hacia el cielo cada vez más tupido. Salen a nuestro paso algunas personas que vienen de la otra dirección, incluso algún osado encima de la bicicleta, cuando llegamos a una extraña meseta conocida como Morinsheiði. La cual desemboca en otro desfiladero, aparentemente menos expuesto que el anterior pero con unas vistas más sobrecogedoras. A un lado la reciente erupción del Eyjafjallajokull y, que provocó un caos en el tráfico europeo aéreo, forman varias lenguas de lava solidificadas. Los numerosos arroyos de las laderas que, se mezclan en la lava, y los humeantes vapores que escapan al exterior nos recuerdan una naturaleza en movimiento bajo nuestras botas. Mientras al otro lado, una larga ladera de grava termina en las estribaciones de Godaland.

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Tras cruzar el paso de Heljarkambur, con menos apuros que el anterior, debemos seguir ascendiendo por el nuevo cráter creado hace cuatro años. Arriba el clima cambia bruscamente  envolviéndonos una densa capa de niebla. En un terreno lineal avanzamos más juntos, la visibilidad es inferior a cien metros, prestándonos auxilio en los momentos más comprometidos, y siguiendo las balizas ocultas en la nieve o la niebla. Estamos atravesando Fimmvörðuháls entre los glaciares Eyjafjallajokull y Mýrdalsjökull.

 

Siguiendo las erróneas huellas en la nieve, Al. y An. se separan del grupo

 

Antes de seguirlos vemos una baliza en lo alto de una pequeña colina en dirección contraria, la acuosa niebla va y viene, así que les gritamos para que se den la vuelta. Por fortuna, la distancia no evita que nos escuchen y nos alcanzan rápidamente. La nieve y el hielo han dejado atrás los oscuros campos de lava a pocos kilómetros de nuestro destino: Fimmvörðuskáli. Un solitario refugio de madera que reservaron los simpáticos propietarios del camping de ayer. Tiene dos plantas, en la diáfana planta superior están todos los colchones en el suelo unos juntos a otros con un pequeño pasillo central, mientras que abajo hay unos pequeños bancos con mesas y una recogida recepción. Fuera del refugio hay una diminuta caseta de madera con un agujero negro que se utiliza como aseo. Además dispone de agua en garrafas con pequeños dispensadores. 20072016-Islandia_0746

 

La última noche en el refugio recuerdo unos ruidos tardíos, que me desvelan junto a unos perennes rayos solares que se filtran por la ventana, desconozco la hora, así que intento seguir durmiendo con mi almohada cerca de los pies de S. Cuando me levanto temprano, veo varias cabezas tumbadas cerca de la escalera y, que ayer no estaban, las cuales hemos de sortear por la abuhardillada habitación y descender por unos escalones verticales y sin pasamanos, a la planta baja.

A medio camino del sueño salgo a la solitaria letrina.

Después del silencioso y monótono desayuno nos preparamos las mochilas por última vez, mi cariñosa nostalgia hacia esta mochila desaparece cuando me la cargo al lomo. El suave descenso por las llanuras en una pista de tierra es algo aburrido al principio pero pronto los constantes saltos de agua de río Skógá va formando cascadas, he perdido la cuenta, hasta llegar a la más grande conocida como Skógarfoss. El Océano Atlántico se ve en el horizonte y la presencia masiva humana que vamos encontrando, pregonan el inminente desenlace de nuestra aventura.

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Sentado con los pies bañados por el frescor del río y surcados por algunas ampollas, una de ellas me haría dejarme una uña en esta isla, cierro los ojos intentando recordar esta aventura finalizada. Los momentos se agolpan sin criterio en mi memoria, dejando una preocupante nebulosa en mi cabeza. La única certeza que tengo allí sentado sobre un esponjoso y almohadillado césped es que en estos días vi desplegarse ante mis ojos toda la fuerza de esta planeta.

 

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