Landmannalaugar vive ajena a las personas (II)

Me subo las capas de los pantalones hasta las rodillas y el aire 
ártico abraza mis entumecidos músculos, la calidez del refugio aún  está muy presente. Mis compañeros entran en el helado río 
entre quejas y maldiciones. No estoy preparado, pero soy el 
siguiente.  A medida que me adentro en este caudal de agua que baja directo del cercano glaciar; veo cambiar el blanco de mis 
piernas a rojo morado. Percibo como afiladas cuchillas van rozando  la piel de forma precisa y paciente. 
Detenerme no es una opción, debo moverme.

La atmósfera persistente de humedad está presente desde que me levanto y salgo al exterior del acogedor refugio. Una ligera bofetada de viento glacial me sacude el sueño y la fina lluvia termina de despertarme. El denso manto gris que cubre el cielo nos priva del influjo de los rayos solares, pero no importa, el viento se ha calmado. A pesar que tenemos nuestro primer reto a pocos metros del refugio, debemos vadear el río Bratthálskvísl, somos más optimistas que el día anterior.

Hemos dejado atrás las nubes atrapadas en los picos de las montañas, y nosotros caminamos a menores altitudes. El paisaje verde intenso y negro se deja ver.

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Después de unos cuantos kilómetros llegamos a otro refugio rodeado por un pequeño río llamado Hvanngil. Con el viento calmado y una fina lluvia, avanzamos de forma rápida por los campos de lava hasta vadear otro río más profundo y con mayor fuerza. No obstante, algunos vehículos lo cruzan con una facilidad insultante.

En la planicie de la isla avanzamos varios kilómetros por una carretera de montaña a través de unos extensos campos de lava. Las conversaciones son más animadas que los días anteriores e incluso, las bromas y el humor fluyen de forma espontánea.

Otro río más grande debemos cruzar, esta vez lo cruzamos por un puente de madera, el refugio de Emstrur nos espera.

Enseguida nos encontramos caminando sobre una enorme alfombra negra salpicada por volcanes y varios arroyos. Los volcanes verdes con una forma cónica perfecta pero, con la superficie surcada por numerosos arroyos a modo de profundas venas, ofrecen un aspecto siniestro. Avanzamos por la oscura pista de tierra en un mundo fascinante que, sin embargo, no para de recordarme que cualquier forma de vida es un cuerpo extraño y yo no voy ser la excepción. Me resulta difícil buscar comparaciones a otros lugares y, únicamente me resulta familiar al recordar las tierras de Mordor en la famosa trilogía del Señor de los Anillos. Inconscientemente no dejo de mirar el cielo, esperando que nos lleve una enorme águila o bestia alada a su morada. Solo nos cubre una acuosa atmósfera gris.

Entregado a mis fantasías cruzamos esta planicie negra conocida como el desierto de Mælifellssandur después de pasar el volcán Stórasúla.

 

las tonalidades del paisaje me recuerdan al vocabulario cafetero: café con leche, cortado, carajillo…

 

En dirección a otro volcán, el Hattfell, entramos en la región donde los agricultores utilizan Emstrur para pastar a sus ovejas en verano.

La lluvia va cesando y encontramos a varios caballos de raza islandesa: bajitos y gran melena moverse de forma desenfadada a nuestro alrededor con la mirada salvaje y fijada en el infinito.

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Casi sin quererlo llegamos al refugio de Emstrur, encajonado en un pequeño valle a los pies del glaciar Markarfljótsgljúfur. Varias casas de madera escalonadas y una zona de acampada cercana al río lo componen. Tenemos los pies mojados y algo cansados cuando nos ponemos a comer en las mesas repartidas en el exterior. Al calor de la sopa y el clima moderado conversamos de forma animada sobre la ruta. El impulso es demasiado grande para quedarnos parados, así que nos dirigimos al siguiente refugio en Þórsmörk.

A unos pocos kilómetros del refugio nos encontramos subiendo por un empinado sendero que conduce al cañón de Syðri-Emstruá.

 

A medida que nos acercamos aumenta un estruendoso ruido, pregonando lo que nos espera.

 

Desde lo alto del cañón podemos ver un embravecido río que desciende de las lenguas del glaciar con una fuerza sobrecogedora, tenemos que levantar la voz para escucharnos. Hasta ahora habíamos vadeado algunos ríos y arroyos caudalosos, pero éste nos sorprendió. Tenemos que realizar un corto rápel de aproximación, algo peligroso por el terreno resbaladizo y la pesada mochila, aunque mis compañeros lo superan con gran facilidad. Pero mi nula experiencia y la gran joroba que llevo, me hacen dudar al girarme de espaldas para iniciar el descenso. Después de pensar y realizar varias maniobras sin sentido, cojo la cuerda con fuerza e inicio una bajada bamboleante; la mochila, la fatiga y la juguetona cuerda castigan mi débil confianza, Siguiendo las numerosas indicaciones, por parte de mis compañeros, me encomiendo a mis brazos y a las botas mojadas. En un tiempo sorprendente llego a terreno seguro y me quedo mirando satisfecho hacia arriba pensando mentalmente: tampoco es para tanto.

Cruzamos el río por una pasarela de madera. El paisaje de colores oscuros y formas planas cambia bruscamente: nos adentramos en la zona montañosa de Almenningar.

Hemos dejado atrás el mal tiempo, pero no las dificultades. La fatiga y las molestias empiezan a aparecer de forma inmisericorde. El ritmo es más lento y hacemos más paradas para descansar.

 

Los cimientos de la casa empiezan a flojear debido a la terrible tensión que soportan

 

Empiezo a notar seriamente las ampollas que crecen al amparo de la humedad que se respira en mis mojados calcetines, mientras los músculos de la pantorrilla oprimen sin piedad a mis sufridos tendones.

Al detenernos, tengo dudas de quitarme la mochila pienso que, después el esfuerzo es mayor para colocármela otra vez, así que opto por apoyarme en una roca a la altura de la cintura dejándome caer hacia atrás como una cucaracha. Entregado a estas maniobras de descanso escucho a mi compañero Al. hablando con parientes a través de una videoconferencia con el móvil: no sé qué me sorprende más si la cobertura telefónica o la forma que utiliza el reposo.

 

Continuamos con la fatigosa marcha, donde las excitadas conversaciones se sustituyen por miradas pensativas.

 

Llegamos al río Þröngá, el caudal de agua es sereno pero se trata del río más caudaloso que hemos de vadear en todo el trekking. Una vez cruzado el río, una masa boscosa nos sorprende con unos árboles bajitos que limitan la visibilidad, por lo que la mirada fijada en Þórsmörk se hace imposible.

 

Para pavor de mi cuerpo fatigado, el camping ingenuamente reservado en Reykjavík no es el más cercano y debemos caminar más de una hora interminable para llegar a nuestro destino: Slyppugil. Los pálidos rayos solares proyectadas sobre aquellos achaparrados árboles le daban un ambiente más enigmático a aquel lugar. Mis ojos me ofrecían un ligero descenso hacia un río donde una bandera islandesa ondeaba orgullosa en lo que parecía nuestro destino. Las doloridas piernas retenían a, la emoción de la vista y la pesada mochila, de una caída segura por aquella pendiente de barro. Por fin llegamos al camping, pero éste tampoco era. A medida que lo atravesábamos la incredulidad subía del mismo modo que la indignación.

 

Mi imaginación arrojaba febriles escenas de descanso y reposo en humeantes manantiales termales.

 

Tenía el cuerpo rendido pero una pequeña parte de de mi cabeza le exigía el último esfuerzo: antes de entregarme a mis deseos primarios de acurrucarme en el suelo como un niño y cerrar los ojos hasta que pasara todo. Por fortuna no fue necesario y una corta caminata nos llevó a un diminuto camping con una casa de madera.

Eran cerca de las diez de la noche cuando llegamos a un esponjoso césped. Mis compañeros rápidamente se entregaron a las labores de preparación de la casa, mientras yo me quedé de pie aturdido pensando que éste tampoco era el camping y teníamos que caminar más. Tras unos dubitativos minutos, la almohadillada hierba absorbió con eficacia todo el peso de mi cuerpo y la mochila al desplomarme. Escuchaba a lo lejos a mis compañeros pero yo no podía hablar: estaba derrotado de emoción y fatiga.

Continuará.

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