Landmannalaugar vive ajena a las personas (I)

¡Las botas están llenas de agua! exclama mi compañera de tienda con el rostro congestionado y la voz desencajada. Mientras me froto los ojos hinchados tratando de ajustarlos a la penumbra del amanecer.   A medio camino del sueño, me incorporo en el saco de dormir y veo 
salir agua del interior de las botas al ser volteadas. Las 
constantes maldiciones no cesan y trato de calmarla con palabras 
inconexas. El viento aúlla ahí fuera, en realidad nunca lo ha 
dejado de hacer desde que llegamos a este maldito camping de 
montaña. Mi rostro es golpeado por la débil lluvia cuando me asomo  tímidamente por el avance de la tienda, mientras el viento ártico 
trata de secarlo. Detenerme no es una opción, debo moverme.

La casa que llevamos a la espalda se zarandea sin consuelo como una sombrilla en la playa en un día ventoso. Con la ayuda de los bastones me agarro al suelo para no perder la verticalidad. El enorme ventilador natural que alguien ha conectado no está sólo y pequeñas e insistentes gotas de agua lo acompañan.

Aún percibo el olor a azufre y noto el calor cuando 
me adentro con un exiguo bañador a las cálidas aguas 
de un manantial rodeado de onduladas montañas.

Sobre humeantes respiraderos voy flotando hacia una 
gama de colores que se funden de forma ordenada en las 
lomas de la montaña: marrón, rosa, verde, amarillo, azul, morado... se pierden en el horizonte de unas montañas espumosas. 

Manchas blancas y un espeso césped almohadillado se repiten 
en todas las colinas. Los movedizos vapores me acercan a 
unos puntos de algodón esparcidos por las montañas, parecen 
ovejas pastando tranquilamente. 

Mis ojos engañan al olfato y sustituyen el intenso olor de 
azufre por una mezcla de suavidad y armonía. 
Oigo las sonrisas y admiraciones de mis compañeros en cada mirador  improvisado al lado del sendero...

panoramica (4 de 16)

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panoramica (3 de 16)

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aquí había llegado en mis recuerdos del día anterior, cuando  volví a la injusta realidad

Nos alejamos del refugio de Hraftinnusker, o eso parece, porque desde que penetramos ayer en esta pesada nube gris la visibilidad se hace bastante complicada. Avanzamos por el sendero cubierto de nieve en algunos tramos y barro en muchos otros. Las botas que pudimos secar en el refugio empiezan a pesar y suena el típico ruido al pisar charcos: “chif, chof”, soltando pequeñas burbujas por la parte superior. Este ruido, junto al viento aleteando las partes más holgadas del poncho nos acompañan toda la jornada.

En la inmensidad del manto blanco y gris intuyo valles y barrancos cuando atrevemos una zona expuesta, donde el viento ártico ruge todavía con más fuerza. Nos obliga a caminar más cautelosos y detenernos varias veces para evitar rodar por las entrañas de esos riscos como cómicas peonzas.

ya no llevo una mochila en mis lomos, es la vela de un barco que se zarandea en mitad de un tempestad salvaje

El cuerpo nos recuerda que hemos de cargar energías, pero resulta complicado porque el viento sigue soplando, con esa redoblada violencia que anuncia el fin del mundo. Nuestros experimentados compañeros se han adelantado con paso firme, así que A. y yo decidimos realizar una pequeña parada al abrigo de unas solitarias rocas superpuestas al lado del sendero. Abrir la mochila y dejar que penetre la furia del agua no es conveniente, así que nos alimentamos con lo que llevamos en los bolsillos: barritas energéticas, frutos secos y frutas escarchadas van camino a nuestro hambriento estómago. El viento ayuda a decidirnos rápidamente que debemos continuar, sin tiempo para el reposo.

A través de la capucha del poncho, la visera de la gorra y los cristales de las gafas marcados con ligeras motas de agua intento ajustar la vista al paisaje. Parece que he dejado atrás las coloridas montañas de riolita del día anterior, los grises valles de la mañana y ahora la niebla no es tan densa y puedo ver más vegetación.

En la resbaladiza bajada del sendero de Jökultungur se acentúan mis molestias en el tendón de Aquiles que arrastro del día anterior. Pero con los ojos cargados de esperanza al ver el valle de Alftavatn con su hermoso lago, mi fe en la pronta llegada acelera mis pasos y disminuye la fatiga. Los últimos kilómetros por la planicie del valle acercan el final de una penosa jornada por el helado corazón de esta isla.

pero aún nos esperaba una sorpresa

Al igual que el día anterior realizamos la entrada en una de las casetas de madera que forman el refugio de Alftavatn, Para nuestra sorpresa nos dice la amable islandesa en un inglés muy académico que quedan plazas libres en el interior de las casetas, por si estamos interesados. Con los ojos vidriosos por la emoción, o el esfuerzo, nos miramos entre nosotros y sin dudarlo cogemos lo que hoy será nuestra suite de descanso; unas literas con muchos desconocidos bajo un techo de madera y calefacción.

Por la tarde y de forma relajada pudimos entregarnos al descanso y a secar lo que llevábamos mojado, es decir todo. Animados por el paisaje, la lluvia había cesado, y por la ducha caliente, nos sentamos jovialmente en una mesa exterior para tomar algo caliente. Recuperar estas costumbres tan familiares nos transportaban a España, no obstante el viento ártico seguía recordándonos donde estábamos así que pronto tuvimos que entrar en el apretado refugio. Después de una cena por turnos en la diminuta cocina nos retiramos a dormir. Þórsmörk nos espera.

sin el ruido del viento y la lluvia, apoyo la cabeza en el cojín y me introduzco en el cálido saco de dormir

Pocas conversaciones, risas y admiraciones de mis compañeros recuerdo de este duro día, en contraste al día anterior. Pero aún peor, no tengo fotos, recuerdo llevar la cámara colgando en algún lugar de las múltiples capas que vestía pero por prudencia o pereza, no la saqué en ningún momento. El clima me desbordó y en mi sufrido ánimo solo estaba alcanzar algún lugar seco.

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-imagen cedida por S.-

Continuará.

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