Madeira: una Nochevieja verde (II)

Termino la ruta con un sabor agridulce y al sentarme en un banco percibo como el musgo forma un confortable cojín en la húmeda madera. Observo como un tupido manto verde cubre el cielo dejando escapar unos tímidos rayos de sol, noto como entra el aire través de mi congestionada nariz y aprecio como se hincha el pecho de los aromas macaronésicos. Mi contemplación y descanso atrae unos descarados pinzones que se acercan buscando algo para llevarse a sus picos. No se debe alimentar a los animales salvajes, pero la curiosidad en la que se acercan me seduce para tirarles algunas puntas de pan, Lo cogen y vuelan rápidamente para comérselo en un lugar más seguro. No sé el tiempo que llevo sentado, en mi quietud relajada cuando noto como el “verde” me quiere atrapar del mismo modo que lo hace en los troncos de los árboles o rocas de alrededor.

30122013-DSC01677

-Leer primera parte- pincha aquí https://instantsontheroad.com/2015/12/26/madeira-una-nochevieja-verde-i/

Me dirijo hacia la incertidumbre oscuridad de los túneles con el olvidado papel golpeando mi orgullo, mientras mi compañera aguarda. Solo el murmullo sereno del agua del canal me acompaña, no hay formas humanas y el ruido de mis pisadas sobre el encharcado terreno me persiguen. Atravesando cortos túneles pierdo la noción del tiempo. Miro el reloj y pronto debo regresar: por aquí no se llega. Me reencuentro con mi compañera: que ha mudado su mirada de asombro de la mañana a agotamiento y crispación. Tengo poco tiempo. Así que en una acción desesperada convenzo a mi compañera para atravesar juntos la galería de la derecha; tengo la fingida intuición que estará al otro lado.

30122013-DSC01629

En fila y con la única ayuda del frontal nos adentramos temerosos a las entrañas de este bosque

Ningún punto de luz natural nos marca la salida. Nos agarramos a la luz artificial y caminamos de forma cautelosa por el resbaladizo terreno. Vamos pegados a la pared porque al otro lado hay un canal de agua con un desnivel de casi dos metros. Pronto las paredes y techo empiezan a rezumar agua formando considerables charcos que hemos de sortear. Espero que el frontal resista las numerosas gotas de agua que le bombardean. Las tinieblas empiezan a rodearnos y casi asfixiarnos. Al final sigue sin verse ninguna luz, mi maltrecha fe alberga la esperanza que el túnel realice alguna curva. En ocasiones me giro para señalizar los charcos e inconscientemente miro hacia la entrada del túnel, un punto lejano de luz. Las lustrosas rocas y la fangosa tierra en nuestros pies dificultan el avance. No obstante, abstraído en mi obsesión, sí ya ha dejado de ser un reto bonito: es una obstinación. Me adelanto unos pasos a mi compañera que fijando la mirada en el suelo se olvida del irregular techo, unido a su estatura, le provocan un ligero golpe en la cabeza acompañado de un reguero de maldiciones. La densa oscuridad y el desconsolado crispamiento de mi compañera terminan por doblegar mis débiles esperanzas. Parece que todo está perdido cuando miro hacia el maldito final del túnel y veo una pequeña luz blanca, ¿es el final? ¿son fantasías mías?.

Mi escéptica compañera también observa la luz y me dice que son personas que regresan de la tinieblas.

Esperamos para preguntarles. En el inglés germánico por un lado y mi spanglish por otro, dos sextagenarias nos explican lo que no quiero oir. Parece que este túnel conduce a otro destino pero no logro comprender cómo se llega al famoso circo del infierno. Es el fin. Quiero escapar de esta selva umbrosa y de estos chorreantes túneles, Sólo las plantas deseosas del relente y sombra soportan está atmósfera persistente de humedad. Debemos desandar nuestros pasos.

29122013-DSC01460

A pesar del despiste del día anterior me levanto animoso; el estado febril quiere abandonarme el último día del año al igual que a mi compañera, donde una tos persistente en las últimas noches le había desvelado más de una vez.

Desayunamos y me entrego a una ruta; donde las emociones del Monteverde de los días anteriores dan paso a otras agitaciones 

La visita al Jardín Botánico de Funchal nos permite ver una enorme variedad de especies, aunque elegimos sin ninguna duda las especies en su hábitat natural, como pudimos disfrutar el día anterior. El mirador al océano Atlántico rodeado de naturaleza verde es exótico y cuando nos asomamos a las calles ocurre algo más curioso. Dos temerarios autóctonos se lanzan por las empinadas cuestas cargados con dos atónitos turistas en una cesta de mimbre y como único freno las zapatillas y la pericia.

31122013-DSC01885

Es curioso ver como se entremezclan estos carros con los vehículos a motor de las angostas calles

Nosotros preferimos bajar andando, la emoción de la carretera nos aguarda: nos dirigimos a cabo de Girão.

La carretera asciende de forma vertiginosa a lomos de los riscos mientras atrevidos conductores se lanzan con sus vehículos cuesta abajo por la estrecha carretera; del mismo modo que lo hacen sus paisanos en Funchal, al menos en este caso sí que llevan frenos, aunque esto no parece importarles porque no los usan demasiado. No estoy acostumbrado a esta conducción, y en cada vehículo que encuentro aminoro y me desplazo inconscientemente del precipicio, mientras los vehículos de atrás me empujan. Aún no me he repuesto de la vertiginosa carretera cuando me encuentro caminando por un suelo de vidrio transparente construido en el vacío de casi 600 metros. El mirador, pasarela o zona prohibida para los acrofóbicos forma parte del famoso cabo de Girão. Aquí el océano Atlántico se despliega de forma tranquila en el horizonte y una homogénea cadena de acantilados, únicamente salpicada por pequeños valles formados por ríos, salen al encuentro de la enormidad del océano.

31122013-DSC01902

El placer del marisco madeirense llega gracias a un asequible restaurante en Ponta do Sol

La vertiginosa carretera nos abre el apetito y paramos en un bar cerca de la carretera y a orillas una diminuta y apacible playa.

En un instante se cubre la mesa, incluida una mesa auxiliar adicional, de una gran variedad de mariscos y pescados, algunos nos resultan familiares otros no tanto, pero todos nos parecen deliciosos. Cuando una escena es tan armoniosa es difícil atreverse a descomponerla, por lo que de forma tímida al principio y una forma más intensa al final, damos cuenta de todos los platos. Marisco como los caracoles de mar o lapas, no causa gran efecto en nuestras papilas gustativas con una textura dura y sabor marcadamente a mar. Sus conchas, en cambio, de forma cónica para soportar las olas del mar despiertan mi interés. Los colores azul verdoso y grisáceo colorean la parte exterior con un acabado rugoso, parecen pequeñas piedras extraídas de las rocas del mar. Mientras que la brillante parte interior es de color blanca amarillenta con una cicatriz parda, tiene un tacto más suave y resplandeciente que me recuerda a la fina arena de una cala.

El romántico atardecer da paso a un frenético camino de vuelta al hotel.

31122013-DSC01962

31122013-DSC01968

 

Cojo firmemente el volante y le doy al limpiaparabrisas mientras una fina lluvia acompañada con niebla dibuja una noche cerrada y visibilidad insuficiente. A la experiencia del camino andado me entrego mientras vamos subiendo y bajando por la empinada carretera colgada de los barrancos. En medio de unas sombras oscuras gigantescas salen a nuestro paso pequeños pueblos decorados con cuidados nacimientos de Belén a orillas de la carretera y bien iluminados. Nos resultan curiosos y familiares en mitad de la cerrada noche. Alguno de estos nacimientos, si temor a equivocarme, los encuentro mejor iluminados que varios túneles que hemos encontrado en la horadada isla.

Después de una frugal cena despedimos el año desde la azotea del hotel y contemplando uno de los momentos más mágicos del viaje. La iluminación de colores se hace visible a muchos kilómetros alrededor de Funchal mientras dura el castillo de fuegos artificiales. Son numerosos los miradores para recibir el nuevo año, desde tierra hasta en el mar. Con una copa de champán brindo con mi compañera al nuevo año que nos espera con muchas emociones y viajes.

31122013-DSC01788


La costa sur con la capital Funchal, es la más habitada y desde alguno de sus miradores se puede apreciar los alargados tentáculos de la civilización. Cemento y hormigón sobresalen en medio de la verde vegetación, recordándome estas vistas al levante español. En la parte central, con sus escarpadas montañas, se alzan los picos más altos de la isla como el pico Ruivo o pico do Arierio. De sus cercanos bosques de laurisilva nacen muchas levadas para llevar el agua a zonas agrícolas donde el clima es más benévolo.

La angosta carretera que atraviesa los túneles oscuros agujereando los escarpados acantilados o la vertiginosa carretera que se encabrita por los empinados riscos; me causaron una importante impresión y vértigo. La parte de más belleza, más previsible de antemano, es la verde vegetación que se hacía difícil compararla en otros sitios visitados. Las mejores sorpresas las encontramos en los atardeceres y amaneceres en la isla, no importa el lugar, porque el factor sorpresa unido a la soledad hacen una experiencia única.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s